26
julio
2011

¿Quienes somos?

“Algunas de nosotras nos estamos convirtiendo en los hombres con los que nos hubiera gustado casarnos”

GLORIA STEINEM

¿Tenemos realmente aquello por lo que hemos luchado durante los últimos años? ¿O quizá en algún punto del camino, nos olvidamos de qué nos impulsó a dar el primer paso?

Muchas mujeres hemos trabajado duramente  para llegar a donde estamos y estamos orgullosas de nuestros logros. Sabemos que el éxito requiere sacrificios, y hemos estado dispuestas a sacrificarnos con una dignidad admirable y una sonrisa en los labios. Todo por no quedar nunca a la sombra de un hombre…

“Recuerda, Ginger Rogers hizo todo lo que hacía Fred Astaire, pero además lo hacía de espaldas y con tacones”

EAITH WHITTLESEY

 ¿Por qué tenemos que ser mejores que los hombres? ¿Por qué ellos tienen que ser mejores que nosostras?

¿POR QUÉ COMPETIMOS FUERA DE UNAS OLIMPIADAS? ¿Cuál es el premio…?

No sé cual es el premio, cada un@ tendrá el suyo, pero sí puedo deciros cual es el precio.

No poder valorar lo que tengo porque estoy demasiado ocupada en proyectos pendientes que todavía no he realizado.

No prestar atención a los mensajes de mi cuerpo, por que estoy ocupada con un millón de tareas que deben ser hechas ayer, hasta que, para atraer mi atención, mi cuerpo me manda un mensaje extremo y doloroso.

Ser maestras en ocultar la culpabilidad y el remordimiento al no poder estar en tres sitios a la vez, por dejar el placer para mañana y por poner el trabajo por encima de todo lo demás, por una causa tan gastada que ya no nos la creemos ni nosotras.

Cambiar las “arruguitas de felicidad” en la comisura de los labios y los ojos, por ceños fruncidos y arrugas de cansancio.

Hacer promesas vacías sin darnos cuenta de que ningún ser humano podría cumplir con tantas, lo que nos aporta más frustración y más culpabilidad. ¿Quién puede prometer la luna y sentirse culpable por no conseguirla? Una mujer. ¿óomo si no podríamos mantener la culpa?

Acabar creyendo que “hay que pedir ayuda”, en lugar de reconocer que limitamos nuestro alrededor para poder demostrar que somo capaces de hacerlo todo. De manera que lo que sería “compartir” se combierte en “pedir”.

Emprendimos una ardua tarea en los años sesenta, en el que la mujer era nada y sólo servía para estar en casa. ¿Cómo hemos llegado a ser peores que los hombres a los que tanto criticamos? ¿Cómo empezó todo? Queríamos tener derechos, y nos quedamos con los derechos, las obligaciones que ya teníamos y… culpabilidad.

Queremos saltar un listón que nosotras mismas nos hemos puesto demasiado alto. ¿Por qué? Supuestamente para obtener una recompensa satisfactoria. Pero, ¿hay algo que sea suficiente o siempre nos quedará algo para alcanzar? ¿Llegaremos a saltar algún día ese lejano listón? ¿Cuando nos daremos cuenta de que hemos perdido de vista la meta porque no nos dimos cuenta de que nos salimos del camino hace tiempo?

Como dice el refrán; “Nunca es tarde si la dicha es buena” Y os aseguro que la dicha de vivir es, con diferencia, la más grata de las recompensas de la vida.

Basta sólo con estar dispuesta a considerar este asunto para dar el primer paso, para ser capaz de hacerlo.

Yo os pregunto. ¿De verdad aun dudáis de nuestras capacidades?

Nunca es demasiado tarde para hacer examen, (justo y sincero, sin culpa ni castigo, ni remordimiento) para replantearnos cuanto “hemos construido” inteligentemente. Aprender que, si una vez elegimos un camino, siempre podemos volverlo ha hacer.

“Es muy fácil perdonar los errores ajenos. Requiere más seso y agallas perdonar a los demás por haber sido testigos de los nuestros”

                                                                                                                                                                                                                    JESSAMIN WEST

Perdonarnos, y soltar lastre. Si no nos perdonamos a nosotras mismas, ¿cómo podremos perdonar a los demás? “Errar es humano, perdonar es divino” Perdonarme a mí misma, es divinamente humano.

Pongámonos una meta que podamos alcanzar y dejemos ya de jugar a ser mejores, por que entre otras cosas, siquiera sabemos como somos, ya que no tenemos tiempo de detenernos y observar. ¿Cómo entonces podemos valorarnos con franqueza?

No se trata de dejar de hacer, sino de hacer lo que es justo y humano.

No se trata de reconocer nada, sino de conocernos.

No se trata de decir que el hombre puede o no puede hacer… sinceramente, no conozco a ningún hombre que sea capaz de hacer en la mitad de tiempo, las cosas que he visto hacer sin pestañear a muchas mujeres.

Se trata, más bien, de dejar de mirar quién hace qué, y empezar a hacer lo que cada uno desee hacer (desde su corazón, morada de los más bellos sentimientos)

Se trata de dejar de luchar y empezar a reconocer que si creamos esta guerra, también podemos pararla.

Se trata de apoyarnos los unos a los otros, y no pasarnos por encima.

Se trata de amarnos tal como nos gustaría recibir amor.

Se trata de mirarnos a los ojos y reconocer… que no somos tan diferentes.

Gracias al libro “Meditaciones para mujeres que hacen demasiado” de AnneWilson Schaef, por llegar a mis manos y ofrecerme una bella linterna con la que enfocar mi interior.

26
julio
2011

Si tengo derecho a quejarme… tengo la responsabilidad de hacer algo.

Me quejo constantemente de que todo el mundo parece estar de mal humor y no poner remedio.

Soy consciente y consecuente de que las cosas “están mal”, pero al mismo tiempo pienso, que no cuesta nada intentar ofrecer una sonrisa amiga, un gesto amable, un comentario agradable… algo que, al menos, nos aporte un poco de aire fresco, un empujoncito a tanta cuesta arriba.

Se ha convertido en una moda social ir descargando porquería interior indiscriminadamente, ahora ya, da igual si la persona que recibe es amigo o desconocido, el caso es soltarlo, y cuanto antes mejor, no vaya ser que explote y nos manche la ropa de marca.

Me he convertido en una barrendera agotada y desquiciada que ya no desea recojer más basura ajena.

¡QUE SE AGUANTE CADA UNO CON LO SUYO!

La cuestión es que, esta respuesta inmediata, es como intentar devolver una pelota de eces a quien me la lanza… Lo más probable es que me acabe pringando yo. Además, ese acto no me convierte en diferente persona que los que lanzan esas pelotitas…

No me cuesta nada enviar amor y luz a mis seres queridos, amigos amados, compañeros de equipo, vecinos necesitados, iños del mundo entero, amigos de amigos de ex-novios de primos de los amigos… Todo aquel que, según mi criterio lo necesite, lo merezca, lo desee, lo pida.

¿Y que pasa con las que no lo merecen? ¿No es esa la base o fundamento del amor incondicional? Amar sin condiciones… pero sin condiciones de ningún tipo, no valen las excusas, o se hace bien, o dedícate a otra cosa. ¿Acaso amar sin condiciones no es lo mismo que decir, te amo aunque no lo merezcas? Y… ¿de donde sale el mérito? De mí. Yo decido si lo mereces o no. Eso es el ego, uno de sus trajes, muy válido para creer que somos personas maravillosas llenas de luz y amor, pero pésimas mentirosas, por que cuando el universo nos ofrece la posibilidad de amar de verdad, incondicionalmente, nos defendemos e inventamos cualquier cosa para no tener que hacerlo.

Como todo el mundo sabe, amar a quien ofrece su amor es “bueno”, pero amar a quien “no se lo merece” es inútil, por que es un amor unidireccional, y no correspondido. Además, amar sin ser amado es como… lo que sigue…

¡¡¡AHÁ!!!

No es amor incondicional, ahí quería ir a parar.

Así que, a partir de ahora, cada persona que se acerque a mí con su mal humor y sus ganas de vaciar su “porquería interior” le mandaré amor y luz, incluso con más fuerza y fe que a los demás. Porque la necesitan más y la merecen más, que aquellos a los que amo, y por ende, constantemente reciben mi amor y mi luz sin que tenga ni que pensarlo. Yo tomo ete comprimiso. ¿Y tú?