Experiencias cercanas a la muerte

Colton Burpo tiene hoy 13 años, pero con apenas cuatro cuando vivió una singular experiencia: ascendió al Cielo. Su caso no es único; son muchos quienes aseguran haber pasado por una experiencia extracorpórea tras cruzar el umbral de la muerte.

Colton Burpo

De pronto, se siente una sensación de ingravidez, al tiempo que el dolor cesa. Nos parece estar flotando. Podemos contemplar el propio cuerpo, normalmente desde una posición más elevada. Algunas personas se afanan en devolvernos a la vida con frenesí, mientras observamos sus esfuerzos con indiferencia.

No sabemos muy bien cómo, pero nos persigue un ligero y continuado zumbido, a la vez que nos movemos en dirección desconocida. Carecemos de forma precisa y de sujeción material. Perdemos de vista lo que sucede en el plano de la existencia terrenal y es entonces cuando caemos en la cuenta de que estamos muertos.

Ante nosotros, la entrada de un túnel oscuro que, sin embargo, no nos resulta amenazante. Nos aprestamos a cruzar ese túnel, para lo que a veces nos acompaña lo que identificamos como alguien que durante nuestra vida fue muy querido, con quien se establece una comunicación sin palabras. Junto a él, o separadamente, se nos presenta un ser de luz, quien nos acoge con un enorme amor. Pese a ello, le hacemos ver la conveniencia de regresar, por razones de índole altruista. Súbitamente, y como si nuestro razonamiento le hubiese convencido, somos devueltos a la situación de partida: una mesa de operaciones, el amasijo de los hierros de un automóvil, un campo de batalla. Volvemos a sentir dolor y nos damos cuenta de que todo sigue donde estaba.

En resumen, esta podría ser un relato estándar de lo que conocemos como una ECM (experiencia cercana a la muerte, NDE, Near Death Experience, en inglés). Muchas de ellas terminan en un estadio anterior, sin llegar a cumplir todo el recorrido descrito, y unas pocas llegan incluso más allá.

Oscuridad y frío

Entre estas, la mayoría narra cómo, de la mano de ese ser de luz, repasamos nuestra vida y la evaluamos. Algunos cruzan el túnel y alcanzan un lugar de indescriptible belleza en el que reina la paz y que no se desea abandonar en absoluto. Allí todo resulta explicable.

Para un pequeño porcentaje de quienes lo han vivido (entre un 3 y un 5%), la experiencia resulta desagradable, y tienen el recuerdo de haber visitado un lugar lúgubre del que querían escapar y que se les revelaba esencialmente hostil, donde reinaban la oscuridad y el frío. En algunos casos, como el de la colombiana Gloria Polo, ese lugar se identifica abiertamente con una antesala del infierno, de la que pudo escapar tras rezar fervorosamente las oraciones que había aprendido en su infancia y manifestar su fe católica.

Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) no son algo novedoso, aunque solo en las últimas décadas se han estudiado. Fue en 1975 cuando el doctor Raymond Moody publicó el célebre best seller Vida después de la vida, en el que se recogían las experiencias vividas por un significativo número de personas. El libro fue acogido con escepticismo en los medios profesionales, pero su impacto en las ventas terminó generando un notable debate entre los propios científicos.

Uno de los aspectos más llamativos que incluía el libro de Moody es que las ECM no varían sustancialmente de acuerdo con la edad, el sexo o la cultura de la persona que la experimenta. Aunque en algunos casos la narración de los detalles sí lo hace, la naturaleza de los acontecimientos, no. Así, por ejemplo, ha habido ateos que han vivido estos sucesos, por lo que difícilmente puede interpretarse el fenómeno como producto de un condicionamiento cultural o como la proyección de un deseo o de una esperanza personal. Los estudios llevados a cabo con posterioridad han ratificado lo publicado en su día por Moody.

Si bien muchos científicos han reconocido que ellos mismos habían sabido de pacientes que manifestaban haber vivido tales experiencias -e incluso un pequeño porcentaje de los propios médicos afirmaba haber pasado personalmente por ellas-, el pensamiento hegemónico había impuesto un prudente silencio al respecto.

De hecho, tras la publicación del libro de Raymond Moody, no fueron pocos los científicos que se lanzaron a dar las más variopintas explicaciones a fin de negar la plausibilidad del fenómeno. Casi todos partían de la misma base: aun desconociendo la naturaleza de la experiencia, se afanaban en racionalizarla partiendo del incuestionable supuesto de que aquello que narraban tenía que ser necesariamente falso.

Sedación terminal

Denis Cobell, destacado miembro de la Sociedad Secular Británica -institución que promueve el ateísmo-, explica las ECM como el resultado de que “muchos de nosotros quisieran creer que la vida no se detiene y, si se ha perdido a un ser querido, quizás sea atrayente la idea de que le volveremos a ver”. Se trataría de casos de simple sugestión pero, aunque la explicación hoy resulta algo pobre, no deja de haber quien la suscribe: una especie de imaginería psicológica construiría el andamiaje sobre el que se reprime el trauma de la agónica despedida hacia la nada.

Otro célebre ateo, Carl Sagan, se atrevió a asegurar que la figura del túnel -imagen que ha terminado haciéndose muy popular- era, en realidad, una especie de truco de la mente mediante el cual esta recordaba su llegada al mundo a través del canal del parto; tal y como habíamos llegado, así nos íbamos. Sagan nunca explicó la relación entre una cosa y la otra, y tampoco cómo podía la mente revivir algo que le resultaba imposible de recordar; eso, sin contar con que una buena parte de quienes afirmaban haber pasado por una ECM había venido al mundo a través de… una cesárea.

Esa carga ideológica está presente en muchos de quienes han tratado este tema desde la objeción -lo que no significa que sus trabajos no puedan tener un carácter plausiblemente científico-. Así, la psicóloga Susan Blackmore insiste en considerar que todo se debe a una alucinación y que lo que sucede puede explicarse a partir de la segregación de sustancias por el cerebro o de la anoxia (falta de oxígeno en el cerebro), en lo que ha bautizado como la “hipótesis del cerebro agonizante”.

Blackmore ha usado psicotrópicos con el objetivo de experimentar la sensación ‘fuera del cuerpo’; pero quienes han pasado por ambas situaciones (alucinaciones por drogas y ECM) aseguran que no hay semejanza entre ellas. Además, cuando cesa la ECM, no se tiene la convicción de que haya sido una ensoñación o el producto de un estado alterado de conciencia, sino que se recuerda como una realidad extraordinariamente vívida.

Uno de los máximos estudiosos de estas experiencias, el doctor Melvin Morse, remarca cómo las actuaciones de la ciencia actual han dado como resultado que la prescripción de fármacos para aquellos pacientes a las puertas de la muerte ha producido un descenso en la frecuencia de las ECM, pues “alrededor del 90% de los pacientes que mueren en los hospitales son fuertemente sedados”, de modo que “cuando un paciente tiene visiones, los médicos generalmente las reprimimos con medicamentos”. Según Morse -de larga experiencia con ECM infantiles-, los medicamentos, lejos de estimular las visiones en el lecho de muerte, embotan el cerebro del paciente, impidiéndolas.

Sin embargo, no son pocos los científicos que se han acercado al fenómeno con una mayor amplitud de miras. Así -desde un punto de vista adverso al carácter sobrenatural de estas experiencias, pero abierto a otras explicaciones-, el físico Roger Penrose. Partiendo del razonamiento de que no es posible actividad mental alguna sin cerebro, ha tratado el tema de las ECM en el estricto campo de la actividad cerebral, aunque sin negar la posibilidad de que pueda “estar equivocado en mis prejuicios”. Para Penrose, la bioquímica y la neurología serían suficientes para explicar estos fenómenos.

Regreso a los valores

En el otro extremo, estaría el doctor Van Lommel, quien afirma que la conciencia no desaparece con la actividad cerebral. Cardiólogo de profesión, hoy se dedica por entero a las ECM, llegando incluso a abandonar la práctica de su especialidad. En 1988 publicó su primer estudio al respecto, y unos años después -en 2001- la prestigiosa revista The Lancet publicó un artículo en el que Van Lommel justificaba a través de un inatacable protocolo -desde el punto de vista científico- la veracidad de las experiencias relatadas por aquellos que aseguran haber sufrido una ECM. De este modo, las ECM recibían una especie de bendición por parte de la ciencia oficial.

Van Lommel afirma que nuestro cuerpo es, en esencia, el recipiente en el que se desarrolla una conciencia y que, una vez muerto aquel, esta sobrevive. Junto a la conciencia, se conserva la memoria. Las personas que habían estado muertas y recordaban haber pasado por una ECM, no habían perdido su conciencia, pese a que algunas de ellas habían permanecido en ese estado por mucho más tiempo de lo que la ciencia médica admite como posible antes de que el deterioro del cerebro se vuelva irreversible. Van Lommel explica que solo un 18 % de quienes llegaron a estar clínicamente muertos y regresaron pasaron por una situación de este tipo. De acuerdo con su tesis, esta estadística invalidaría la explicación material de las ECM, pues si estas no fuesen más que un mecanismo puramente fisiológico, deberían producirse en todos los casos. Lo que no sucede.

Como quiera que se interpreten, lo cierto es que las personas que dicen haber pasado por una experiencia de ese tipo sufren una aguda transformación. Lógicamente, la persona pierde el miedo a la muerte de forma completa. Se relativiza la pérdida de los seres queridos, doliéndose por su ausencia, pero no por lo que les haya podido suceder. En general, se produce un regreso a los valores que les fueron enseñados en la infancia.

Aseguran disfrutar de una paz y un equilibrio de los que antes carecían, y han aprendido a valorar lo importante en la vida -la familia y la amistad, las relaciones humanas-, por encima del éxito o del reconocimiento profesional o social.

Fuera dudas

¿Es posible encontrar alguna prueba irrefutable que certifique la realidad de las ECM más allá de toda duda? A esta pregunta no se puede contestar de modo rotundo, pero sí que tenemos ciertos indicios.

En Sevilla, el doctor Vila, del hospital de la Macarena, ha recogido el testimonio de un invidente que lo era desde los 15 años y que durante una ECM fue no solo capaz de describir la situación que se vivió en la sala de operaciones mientras los médicos trataban de reanimarle, sino de hacer una detallada descripción de los colores que vestían los presentes (algo que, por obvias razones, a él le llamó particularmente la atención).

No faltan casos en los que el sujeto tiene un encuentro con un pariente muerto cuyo fallecimiento desconocía, o bien con algún hermano o padre cuya existencia ignoraba. Así sucedió en el caso del doctor William Barret, el verdadero pionero de estos estudios, que publicó el primer trabajo de este tipo en 1926. También se ha informado de algunos casos en los que los pacientes han sido capaces de relatar lo que habían visto en otras habitaciones mientras se elevaban al salir del cuerpo. Pero incluso la experiencia más común, la capacidad de relatar sucesos acaecidos mientras el sujeto se encuentra en estado de muerte cerebral, es en sí misma sorprendente.

Actualmente está en marcha el proyecto AWARE, dirigido por el doctor Sam Parnia, del hospital de Southampton, quien ya llevó a cabo una empresa semejante, aunque más modesta, en 2001. Lo que Parnia se propone ahora es, precisamente, demostrar de una vez por todas si las ECM son o no objetivables; para ello ha dispuesto una serie de mecanismos que deben despejar toda duda al respecto. El estudio, de notables dimensiones, está previsto que se publique durante este año 2012.

Fuente: La Gaceta 23/06/12